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La alfombra social

Reflexiones desde el tercer mundo.
La alfombra social

El caso que es de público conocimiento que refiere a la situación del músico Chano
Moreno Charpentier, pone en tela de juicio y en el tapete eterno de las problemáticas
no resueltas, la grave y conspicua situación de miles de familias que transitan el
oscuro pasadizo que contiene el camino de poseer un familiar con adicción.
Hace algunos años atrás, el artista citado protagonizo un severo choque múltiple en el
barrio de Núñez, el cual represento una alerta hacia su estado y su vida.
El mismo resulto ser memes precisas en redes sociales, “Trending topics” de
extremidad tercermundista, sin detenerse en la gravedad del caso.
La maquinaria social minimiza las problemáticas muchas veces tomando en gracia
diversas problemáticas, o mofándose de las mismas. Aquella pauta social del “Miro
pero no veo” con creces vuelve a plantarse en medio de lo no resuelto, de aquello que
resultara olvidable, noticia pasada.
Una madre clamando a gritos por la atención de su hijo sometido drásticamente por
aquel estigma letal que genera las adicciones. Mientras tanto el sistema de salud,
desbordado por falta de real logística, practicidad y presupuesto, deberá mitigar de las
heridas físicas y psicológicas del músico, y la Justicia considerar si la violencia policial
estuvo justificada.
Y una madre esperando, como aquellos pordioseros de la novela de Beckett, a un
Godot que jamás se hará presente en una debacle de burocracia y poca efectividad.
El calvario permanente de familiares y amigos de personas que transcurren una
adicción es letal, siniestro, angustiante. Las promesas de cambio, las situaciones de
violencia y robos, telones que caen mediante lo no abordado y la falta exacta de
conexión ante los hechos severos, la resolución de los mismos ante el conglomerado
que danza entre la institución psiquiátrica y el rol judicial dentro de la problemática.
Es de medida importante que familiares realicen un tratamiento psicológico para
abordar la situación. El “Solo por hoy” dicta coordenadas difíciles de entender y
sostener, pero radica desde el toma de conciencia que se necesita en todas estas
situaciones que van rodando en un sendero increscente día tras día, que no se
detiene en clases sociales y que marca a fuego el desarrollo vital del segmento que
las padece.
Transitamos un severo cauce en el camino de las adicciones. El alcohol se ha
consagrado reina de toda diversión “Con estilo” de modo necesario y omnipresente,
sin detenerse en la consideración de la consecuencia a futuro.
Continua así el bagaje de pautas publicitarias que alientan al consumo y generan
desde su estética “Cool y mundana” algo que hará ingresar al consumidor al mundo
del “Buen vivir”, siendo pasaporte necesario para generar diversión.
Mediante resoluciones se han prohibido los comerciales que alienten el consumo del
tabaco, pero por otro lado, se ha liberado la práctica publicitaria hacia el alcohol. Son
esas raras decisiones que se centran en lo contradictorio y secular de nuestro sistema
social.
Las consecuencias irremediables ponen en jaque a un alto porcentaje de habitantes
que ingresaron en hechos adictivos a través de realizarlo “De modo social” (frase
espuria que justifica la necesidad de consumo y que no se vea como tal) caminando
de modo directo a la ríspida pendiente de una futura problemática. Y resulta una
asignatura pendiente el rol de cada uno de nosotros en este increpante devenir.

Existe un ley de salud Mental que busca garantizar los derechos humanos del
paciente a través de quitar la situación de encierro de miles de personas, pero que
resta acción a las familias en el sentido de la decisión de la atención urgente en casos
de crisis o brotes varios.
“En ningún caso puede hacerse diagnóstico en el campo de la salud mental sobre la base exclusiva de demandas familiares, laborales, falta de conformidad o adecuación con valores morales, sociales, culturales, políticos o creencias religiosas prevalecientes en la comunidad donde vive la persona,sostiene el artículo 3 de la ley citada.
Y aquí se abre una nueva discrepancia. Antes un familiar podía decidir una internación, que en algunos casos se situaba en la modalidad descarte, considerar al paciente como un paquete. Y resultaba un problema, porque la persona estaba uno o dos años internada, y la familia seguía sin tratarse.
El problema no se resuelve solo, sin el contexto familiar, sin la colaboración de todos.
Y he allí la toma de conciencia, siempre a la palestra en el camino de resolución. La persona con una adicción sufre una "doble discriminación, porque la sociedad no quiere tener cerca de un depresivo o a un esquizofrénico, con el consumidor de sustancias se cree que es así porque quiere, que le falta fuerza de voluntad, es como que debe estar apartado, excluido del “Buen orden social” para no interrumpir el derrotero lineal de siempre, el establecido desde la “Moral y buenas costumbres”
Urge resolver esta situación, que se ponen de manifiesto en el análisis cuando aparece algún mediático, y expone la mugre que se encuentra ubicada debajo de un cobertor.
Pero que la suciedad del tiempo vuelve a ubicar en su lugar, cubriendo aquello que no se desea ver, con una gigante alfombra social.
Tapiz exacto de una forma de ser o de ver que nos trajo aparejados daños que dejan de ser a esta altura, colaterales.

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